O los vientos de Simone Weil en las velas de Christopher Nolan – Una crítica de la película *La Odisea*, de Christopher Nolan (guionista y director).

Basada en *La Odisea* de Homero. Producción: Syncopy y Universal Pictures. Estreno: julio de 2026 (Género: aventura épica y drama mitológico; idioma: inglés). Reparto principal: Matt Damon como Odiseo, Anne Hathaway como Penélope, Tom Holland como Telémaco, Zendaya, Robert Pattinson, Lupita Nyong’o y Charlize Theron.

Sinopsis: Tras la caída de Troya, Odiseo emprende un largo y peligroso viaje de regreso a Ítaca. Su travesía lo enfrenta a la guerra, la pérdida, la tentación y el exilio, mientras Penélope y Telémaco lidian con su prolongada ausencia.

Jean Le Pautre, Saqueo de Troya. Biblioteca de la Corte Principesca de Waldeck, Arolsen

En nuestro tiempo intempestivo llega la recordada Odisea, esta vez bajo las lentes cinematográficas de Christopher Nolan. Curiosamente, el film comienza con una escena de la Ilíada: el ardid del caballo de Troya, o, mejor dicho, los restos de aquella bestia tramposa que todavía alimenta el sueño de los arqueólogos. El caballo se impone por su belleza, pero sobre todo por el mensaje fragmentado que deja tras de sí: ¿Qué viene a contarnos Homero hoy? ¿Qué viene a decirnos Nolan que dijo Homero acerca de los temidos «pueblos del mar»? ¿Son los otros o somos nosotros? Esa pregunta acompaña el viaje de vuelta de Odiseo y permite leer la película como algo más que la recreación de una aventura heroica.

La lectura propuesta por Nolan puede ordenarse a partir de cuatro palabras griegas que no son meros conceptos, sino momentos de un mismo recorrido moral: hybris, catarsis, paideia y xenía. La desmesura abre la herida; la catarsis obliga a atravesarla; la paideia transforma el viaje en aprendizaje; y la xenía devuelve al retorno su sentido humano. Bajo estos cuatro conceptos se articulan también tres movimientos decisivos del relato: la salida de la violencia, el exilio moral y el regreso a Ítaca. El héroe que vuelve no puede ser simplemente el mismo que partió.

1. Hybris: la victoria que ya no puede habitarse

La hybris es la desmesura: la transgresión de los límites humanos que conduce a la destrucción. En la película, el protagonista aparece una y otra vez asediado por el recuerdo de la victoria de Troya. Aquella victoria, antes motivo de gloria, comienza a causarle pesar. El exilio de Odiseo no empieza, por tanto, cuando se aleja geográficamente de Ítaca, sino cuando ya no puede habitar moralmente lo que hizo en Troya.

Esta mirada acerca la obra de Nolan al brillante opúsculo de Simone Weil, La Ilíada o el poema de la fuerza. Weil muestra que la guerra degrada tanto a quien padece la fuerza como a quien la ejerce. La víctima es reducida a cosa, pero también el vencedor pierde humanidad al convertir al otro en objeto. La lectura meramente épica de Homero, centrada en la gloria militar, deja entonces paso a una lectura ética: la guerra no eleva al héroe; lo hiere y lo extravía.

La desmesura tampoco desaparece de Odiseo de una vez y para siempre. La revelación innecesaria de su identidad ante Polifemo, hijo de Poseidón, luego de herirlo, muestra que todavía oscila entre la prudencia y la necesidad ambiciosa de reconocimiento. Nolan no presenta una conversión súbita ni un héroe moralmente acabado. Presenta un aprendizaje lento y contradictorio, porque el daño de la guerra lo acompaña a su pesar.

Penélope deshaciendo su labor por la noche: fragmento de una fotografía de Dora Wheeler Keith.

La hybris alcanza asimismo al orden que pretende legitimar el sufrimiento. Penélope llama monstruoso al sacrificio humano honrado por los dioses. La muerte sacrificada de Ifigenia no adquiere sensatez porque haya sido exigida desde lo alto: para sus ojos humanos, sigue siendo horrorosa. Odiseo, por su parte, tampoco acepta pasivamente el destino anunciado en el Hades para su tripulación e intenta desafiarlo. En ambos casos, lo humano parece elevarse moralmente frente a lo divino, no por el orgullo de igualarse a los dioses, sino por la resistencia de una conciencia que ya no puede llamar justo al sufrimiento inútil. En este punto, Odiseo y Penélope recuerdan al hombre rebelde de Albert Camus: no se rebelan por capricho, sino para reclamar al menos piedad.

2. Catarsis: el exilio moral

La catarsis es la purificación o transformación que sigue a la falta. No consiste aquí en un castigo mecánico impuesto desde afuera, sino en la continua vivencia mediante la cual Odiseo aprende a reconocer el sentido de lo ocurrido. Su travesía marítima es también una travesía interior. Solo cuando la victoria de Troya se vuelve inhabitable comienza el verdadero viaje.

Por eso el exilio de Odiseo es, ante todo, moral. El mar prolonga la distancia entre el hombre que se vio forzado a partir de Ítaca y aquel que podrá regresar. Cada episodio revela que no basta con sobrevivir y superar los obstáculos. El retorno real exige atravesar el pesar y penar por la lógica de la fuerza ejercida contra Troya.

Odiseo resistiendo los cantos de las sirenas, fotografía de Egisto Sani

Simone Weil permite comprender la profundidad de esta catarsis. Nada queda en pie después de la guerra, ni siquiera el pobre ardid maltrecho del caballo de Troya. La guerra no nos hace felices, no nos hace mejores, no nos hace más humanos. Si en medio de ella aparecen la fidelidad, la compasión o el amor, no son frutos de la guerra, sino formas de humanidad que sobreviven a pesar de ella. También llegará después la sentencia de Erasmo de Rotterdam: la peor paz es preferible a la mejor guerra.

La catarsis no borra el pasado ni devuelve intacto lo perdido. Lo vuelve memoria y responsabilidad. La hermosa Helena, al hablar con Telémaco, testimonia la herida que la guerra deja incluso en quienes fueron convertidos en su símbolo. Su palabra transmite a la nueva generación del joven los males irreparables de la hybris y ofrece una memoria orientada antes a la prudencia que a la gloria. El pasado no puede celebrarse ni debe reiterarse.

3. Paideia: la reeducación del héroe

La tercera palabra es paideia: la formación integral de la persona y, en particular, la educación del héroe. La célebre obra de Werner Jaeger, Paideia, explicó el ideal griego de bondad y belleza que debía formar a la aristocracia masculina encargada de defender la polis. Sin negar el valor inicial de esa tradición, la lectura de Nolan obliga a preguntarse cómo y para qué se educa al héroe, y qué queda de su belleza cuando la fuerza ha degradado y cosificado a los seres humanos.

La verdadera paideia de Odiseo no ocurre antes de la guerra, sino paradójicamente después de ella. Es una reeducación nacida del fracaso moral de la victoria. El héroe aprende que la astucia y el valor caen al vacío cuando se convierten en destrucción y ruina. La guerra deja de ser una escuela de grandeza para convertirse en la revelación de la fragilidad humana.

Odiseo se encuentra con Aquiles en el Hades, fotografía de Egisto Sani

En esta reeducación, las mujeres ocupan un lugar muy significativo en Nolan. La diosa Atenea lo acompaña con su sutil omnipresencia; Circe, las sirenas y Calipso dejan de ser únicamente figuras de seducción o peligro y quedan integradas, cada una a su manera, en el aprendizaje de Odiseo, en una nueva forma de paideia. Calipso, sin dejar de ser cautivadora, reconoce finalmente aquello que no puede retenerse por la fuerza y le enseña a partir en una balsa casi imperceptible. Helena convierte la memoria en advertencia. A su vez, Penélope protege Ítaca y hace prevalecer el orden en la casa y en el reino con astucia y paciencia; gracias a su sabiduría, el retorno a Ítaca conserva su sentido.

El regreso termina siendo una acción compartida de paideia en tanto reeducación del héroe. Odiseo debe abandonar la imagen del héroe autosuficiente y comprender que su humanidad se recupera junto a quienes lo acompañan y lo esperan.

4. Xenía: la hospitalidad y el verdadero retorno

La cuarta palabra es xenía: la hospitalidad y el vínculo de respeto mutuo entre huésped y anfitrión. El término está emparentado con xénos, que designa al extranjero o forastero. En el mundo homérico, recibir a quien llega de otras tierras constituye una obligación ética fundamental. Frente a una Troya deshumanizada, Ítaca conserva la hospitalidad como condición de convivencia.

La pregunta por los «pueblos del mar» encuentra aquí su sentido más profundo. A lo largo del film, ellos parecen ser los extranjeros temidos, aquellos que llegan irrespetuosamente desde un territorio desconocido y despiertan horror. Sin embargo, cuando Penélope pregunta al recién llegado Odiseo —vestido de mendigo y reconocido solo por Argos, su perro— si pertenece a esos hombres del mar, él responde afirmativamente: “sí, mi reina”. Los otros somos también nosotros. Quien vuelve a su propia tierra llega, al mismo tiempo, como extranjero, y debe preguntarse a sí mismo por su propia identidad.

Odiseo mata a los pretendientes de su esposa Penélope (vaso tipo escifo)

La hospitalidad de la xenía, por mandato de Penélope, todavía prevalece en Ítaca. Y el rey vuelve como mendigo. Recibir al extranjero significa también recibir al ser humano fragilizado y acogerlo con comida y vivienda. Odiseo regresa a Ítaca gracias a la hospitalidad de su antiguo reino, aún sin mostrar su identidad. Solo revela pertenecer a los temidos pueblos del mar, una identidad hasta entonces ignota.

Odiseo ya no vuelve simplemente para ocupar un trono en la nueva versión homérica de Nolan. Regresa después de haber aprendido a honrar a todos los muertos, también a quienes fueron reducidos a enemigos. La llegada a Ítaca llega a ser plena al estar precedida por un retorno moral: el paso de la hybris a la medida, de la fuerza a la vulnerabilidad compartida, de la barbarie de los pueblos del mar a la recuperación de la hospitalidad.

Conclusión: los vientos del regreso

La versión nolaniana de la Odisea puede leerse, entonces, como el itinerario de una transformación catártica y una reeducación del héroe: una sabia pedagogía de la humanidad. Los dioses aparecen dedicando su tiempo sobrenatural a este hombre porque admiran en él otro heroísmo: no el de quien vence, sino el de quien sobrelleva con sentido su vulnerabilidad y su amor. También los dioses se acercan a lo humano cuando ayudan a crear más humanidad.

Odiseo escapa de la cueva del cíclope Polifemo —gigante de un solo ojo, hijo de Poseidón y Toosa en la mitología griega—; fotografía de Egisto Sani

El héroe que vuelve no es el mismo que partió. Ha debido perder la falsa inocencia de la victoria, atravesar el dolor de lo irreparable y aceptar que su regreso depende de otros. Para volver a Ítaca, Odiseo hubo de recuperar la medida, la hospitalidad y su propia humanidad. En las velas de ese regreso soplan, con singular claridad, los vientos de Simone Weil y de tantos otros pensadores que, frente a la fascinación de la fuerza, eligieron una cultura de paz, mesura y solidaridad.

Referencias

Camus, Albert. El hombre rebelde. Buenos Aires: Losada.
Erasmo de Rotterdam. Querela Pacis (Lamento de la Paz) y Dulce bellum inexpertis.
Homero. Odisea.
Jaeger, Werner. Paideia. Los ideales de la cultura griega.
Nolan, Christopher (dir.). The Odyssey. 2026.
Weil, Simone. La Ilíada o el poema de la fuerza.

Glosario de palabras griegas

Hybris (ὕβρις): desmesura, soberbia o exceso que lleva al ser humano a transgredir sus límites.
Catarsis (κάθαρσις): purificación o transformación interior a través de la experiencia.
Paideia (παιδεία): ideal griego de formación integral de la persona, intelectual, ética y cívica.
Xenía (ξενία): hospitalidad y vínculo de respeto recíproco entre huésped y anfitrión, uno de los pilares éticos del mundo homérico.

Texto de la reseña de la Dra. Maria del Carmen Patricia Morales, julio de 2026